¿Somos inherentemente buenos?
¿Qué es el Pecado y la Verdadera Naturaleza de la Humanidad: Un Regreso al Jardín
Imaginemos por un momento el Jardín del Edén en su gloria original: exuberante, vibrante, lleno de orden perfecto y belleza. Un lugar donde la humanidad caminaba en comunión ininterrumpida con Dios. Ahora imaginemos el susurro sutil que entró en ese paraíso, el que aún resuena en cada corazón humano hoy. Esta no es simplemente una historia antigua; es el arquetipo de nuestras propias vidas, el momento en que la inocencia se encontró con la tentación y comenzó el mundo tal como lo conocemos.
La pregunta sobre la naturaleza humana —si nacemos esencialmente buenos o llevamos dentro de nosotros una inclinación inherente hacia el pecado— toca el centro mismo de nuestra existencia. Muchos hoy prefieren la idea reconfortante de que las personas nacen básicamente buenas, y culpan el mal comportamiento a fuerzas externas como el entorno, la pobreza o la sociedad. Sin embargo, las Escrituras nos invitan a mirar más profundo, con ojos abiertos por el Espíritu, y confrontar la realidad de la Caída.
¿Qué es lo Bueno?
Primero, debemos preguntar: ¿Qué es verdaderamente “bueno”? La Biblia revela que Dios mismo es el estándar y la esencia de toda bondad. Jesús lo declaró claramente al responder al joven rico: “¿Por qué me llamas bueno? Ninguno es bueno, sino solo Dios” (Marcos 10:18). Los Salmos repiten esta verdad: “El SEÑOR es bueno y su misericordia es para siempre” (Salmo 100:5).
La bondad no es un ideal humano abstracto. Es la alineación con el carácter perfecto de Dios: su santidad, rectitud, justicia, misericordia y amor. En la creación, Dios miró su obra y la declaró “buena”, y después de formar a la humanidad, “muy buena” (Génesis 1:31). Esta bondad incluía orden, belleza, propósito y una relación armoniosa con el Creador.
La bondad moral para la humanidad significa obediencia activa a la voluntad de Dios, expresada supremamente en el amor: amar a Dios con todo nuestro corazón, alma y mente, y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:37-40). Es el fruto de una vida en proceso de transformación: amor, gozo, paz, bondad y dominio propio, producidos por el Espíritu Santo (Gálatas 5:22-23).
La Inocencia No Es lo Mismo que la Bondad
No debemos confundir la inocencia con la bondad. La inocencia es un estado de neutralidad moral marcado por la ausencia de gozo o culpa, o de conocimiento experiencial de la rectitud o el mal. La bondad, sin embargo, es una realidad positiva: conformidad activa a la naturaleza de Dios mediante una vida recta y la relación con Él.
En el Jardín, Adán y Eva eran inocentes. Aún no habían elegido el mal en presencia de la rectitud. Sin embargo, su estado era “muy bueno” porque reflejaba el diseño de Dios. Las palabras sutiles de la serpiente —“¿Con que Dios os ha dicho...?”— introdujeron la duda, y en ese momento la inocencia dio paso a la transgresión (Génesis 3).
Los niños a menudo encarnan una hermosa inocencia, razón por la cual Jesús dijo: “Dejad a los niños venir a mí... porque de los tales es el reino de los cielos” (Mateo 19:14). Sin embargo, ni siquiera esto es bondad última. Solo Dios es inherentemente bueno, y la verdadera bondad en nosotros viene mediante la transformación y la elección.
Jesucristo es el único que encarnó perfectamente ambas cosas: completamente inocente (sin pecado) y perfectamente bueno, demostrado en su obediencia, compasión y amor sacrificial (Hebreos 4:15).
La Realidad de la Naturaleza Humana Después de la Caída
El testimonio bíblico es claro e inquebrantable. Por la desobediencia de Adán, el pecado entró en el mundo, y la muerte pasó a todos porque todos pecaron (Romanos 5:12; 3:23). “No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10). Jeremías describe el corazón como “engañoso más que todas las cosas, y perverso” (Jeremías 17:9). El hombre natural es enemigo de Dios (Mosías 1:119, según el testimonio del Libro de Mormón).
Esta es la doctrina de nuestra condición caída: no que cada persona sea tan mala como podría llegar a ser, sino que ninguna parte de nuestra naturaleza permanece intacta de la inclinación hacia el egoísmo, la propia voluntad y la rebelión. Nacemos con un tirón hacia la independencia de Dios.
Sin embargo, esta verdad se mantiene en tensión con una dignidad profunda. Fuimos creados a imagen de Dios (Génesis 1:27), reteniendo una conciencia y capacidad para actos nobles. Esto explica la bondad y compasión observables en el mundo: el sello persistente de nuestro Creador.
El Propósito de la Oposición y el Camino de la Redención
Como enseñó Lehi, es necesario que haya oposición en todas las cosas (2 Nefi 1:81). Sin la posibilidad de elegir mal, no podría haber agencia genuina, ni verdadera rectitud, ni crecimiento. La mortalidad es un estado probatorio, un viaje por el desierto como el éxodo de Israel, donde aprendemos a rendirnos a las persuasiones o guiados del Espíritu Santo.
El hombre natural sigue siendo enemigo de Dios, a menos que se rinda al Espíritu y se convierta en una nueva criatura en Cristo. Este es nuestro llamado de despertar: volver nuestro corazón, arrepentirnos y convertirnos en un nuevo pueblo.
Las historias a lo largo de las Escrituras ilustran esta transformación: Alma el Joven, impulsado una vez por el orgullo, se volvió al confrontar su rebelión; el pueblo del rey Benjamín entró en el convenio con gozo; los anti-nefi-lehitas depusieron las armas de guerra. Estos no son cuentos de hadas, sino ejemplos vivos e invitaciones.
Un Diagnóstico Esperanzador
Los seres humanos no son inherentemente buenos en el sentido de rectitud moral al nacer, ni somos irremediablemente perdidos. Heredamos una naturaleza caída —una inclinación hacia el pecado—, sin embargo, la imagen de Dios permanece, otorgándonos agencia para elegir.
El evangelio no restaura meramente la inocencia; imparte rectitud mediante la fe en Jesucristo. Como declaró Pablo: “Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). Por medio de su expiación, recibimos el perdón y el poder del Espíritu Santo para andar en novedad de vida.
Esta comprensión fomenta la humildad, la compasión y la dependencia de la gracia. Explica por qué incluso los mejores entre nosotros necesitan arrepentimiento continuo, y por qué las sociedades siguen luchando con la quebrantura. Sin embargo, también ofrece la mayor esperanza: el diagnóstico de nuestra condición caída no es condenación, sino la puerta a una transformación auténtica.
En un mundo que se aferra a narrativas reconfortantes de bondad innata, el testimonio unificado de la Biblia y el Libro de Mormón presenta una verdad más clara y compasiva. Nos encuentra en el jardín de nuestros propios corazones, deshace la obra sutil del diablo e nos invita a danzar una vez más en comunión con nuestro Creador.
El buscador honesto descubrirá que esto resuena con la experiencia. La bondad se siente tanto natural (por nuestro origen divino) como elusiva (por causa de la Caída). La conciencia acusa, pero la gracia perdona. La redención por medio de Jesucristo es el único remedio suficiente.
¿Reconocerá usted, querido lector, la inclinación interior y se volverá al Redentor que solo puede hacerlo nuevo? El camino hacia la paz duradera y la renovación moral auténtica espera a quienes despierten a esta realidad.
Gracias por pasar por aquí de nuevo y por compartir tu tiempo conmigo.
Me despido hasta la próxima vez.
Silver



